lunes, 19 de mayo de 2008

“Le debo mi felicidad a la música”: Irasema Terrazas, soprano

Por: Saúl Arellano
Lo que cuenta Irasema Terrazas es su pasión por el canto, de sus travesías por el teatro y los deseos de ver un México y su gente viviendo mejor con la música. Ella es una de las mejores cantantes de ópera del país y en una plática de tres movimientos, nos descubre parte de su interior.
El mundo de Irasema. —¿Cómo fue tu formación musical?
—Estudié en la Escuela Nacional de Música, pero cuando tenía 9 años, animada por mi papá, quien es un gran melómano, me inicié con el violín. Después supe que me gustaba más el canto. Al cambiar mi residencia del Estado de México al Distrito Federal, ingresé a la Escuela Nacional de Música y orienté mis estudios al canto de varios géneros clásicos.
—¿Cuándo inicias con tu carrera profesional?
—La primera vez que me presenté con una orquesta de cámara fue a los 15 años. Interpreté una obra de Vivaldi, con la Orquesta de Cámara de Toluca en la Catedral de Cuautitlán Izcalli.
—Lo que significa que vives desde siempre para la música …
—Así es. En realidad pienso mucho en Schubert, quien escribió alguna vez aquello de “a la música”. Así que como dice Schubert, “a ti, mi novia la música; a ti te debo la vida”. Mi vida personal dice en mucho lo que sostenía este compositor: a la música le debo mucho de mi felicidad y lo que soy.
Las visiones de Irasema. —En este mundo tan complejo de la música y el canto, ¿en qué tradición te situarías?
—Yo diría que sobre todo en la tradición de la tolerancia. Con esto quiero decir que en mi formación como cantante clásica aprendí a estar abierta a todas las perspectivas posibles. Lo mejor es asumir la diversidad.
—Entonces, te acercarías más a una visión en la que lo importante es la “música en sí”…
—Algo parecido. Al iniciar mi carrera quería dedicarme al canto para conciertos. Era algo así como lo que pensaba Brahms, quien consideraba a la música como completamente abstracta y pura; por ello nunca compuso una ópera, creía que la música no necesitaba de la voz. Sin embargo, uno de mis primeros trabajos fue desarrollando un breve papel en una ópera. Ahí me llevé la sorpresa de que tenía cualidades escénicas y de voz para este género; de tal forma que mi vida profesional se mueve así, de sorpresa en sorpresa, descubriendo horizontes y posibilidades.
—Así que no has tenido que enfrentar tensiones entre corrientes o escuelas distintas…
—Afortunadamente, aunque habría que definir que en mi formación y el desarrollo de mis estudios hay un estilo definido en el manejo técnico de la voz, que en mi caso es el “clásicamente operístico”. Si intentara moverme a otro estilo que exige una técnica distinta, no podría hacerlo. Me sucedió al incursionar en el teatro musical con “Los Miserables” o cuando estuvo en México “Violinista en el tejado”. Audicioné para participar en la obra y, sin embargo, me dijeron: “cantas muy bien, pero no para este estilo”.
—Hablando de ópera, cuando la obra está en pleno desarrollo hay algo que se trastoca en el espacio y lo modifica. ¿Cómo se vive esta atmósfera de significados y sentidos?
—Efectivamente hay una magia que se crea y nos envuelve a los participantes: desde el director de escena, actores, el creador de las luces, hasta quien lleva la batuta de la orquesta en “el foso”. La conjunción de todo eso ayuda a construir una nueva dimensión. La magia de la ópera consiste en que se crea un diálogo colectivo y una dimensión distinta de la realidad.
—¿La magia surge cuando hay comunión del artista y público?
—Así es, cuando esto ocurre hay magia. Al unirse todos los elementos mencionados, de pronto hay “duende”. Hay comunión.
La ópera es un espectáculo escénico que se nutre de muchas disciplinas y, estrechamente, de la literatura. Muchas óperas jamás hubieran podido ser creadas sin las novelas de Goethe. Pero también la ópera siempre está en un tránsito entre lo objetivo y lo inmaterial; es decir entre la palabra, que es lo que permanece, y aquello que se desvanece como sonido y silencio.
—Octavio Paz decía que la poesía es trasparencia. Hace poco te escuché interpretando algunos poemas de García Lorca y, sin embargo, había en la sala algo distinto a sólo la transparencia del poema; en ese sentido, ¿qué es lo que la música y el canto nos revelan?
—Exactamente no lo sé. Insistiría en que hay dimensiones de la música que no pueden aprehenderse en definiciones. Si acaso lo llamaría simplemente como magia.
Es la maravilla del arte. Un ejemplo: la Quinta Sinfonía de Beethoven, una de las más tocadas en el mundo. Tuve la oportunidad de escucharla con Gustavo Dudamel, como director y, desde la primera nota, supe que era una “nueva Quinta Sinfonía”. No encuentro otra palabra para describir esto más que la ya mencionada “magia”.
—¿Tiene qué ver con lo demoniaco de lo que nos habla Stefan Sweig?
—Absolutamente. Estoy convencida de que lo que ocurre en el escenario está regido no sólo por la parte intelectual, sino sobre todo por la sensibilidad. Lo que ocurre hay que imaginárselo como “una puerta de dimensiones”. La exigencia de la ópera al espectador es precisamente esa: abrir la puerta y dejar pasar lo que tenga que pasar.
Irasema en su contexto. —Una de estas dimensiones, o múltiples dimensiones, están abiertas en la colección sobre la música barroca en México, en la cual participas. Pensando en esta riqueza que nos conecta con nuestras raíces, cultura, tradiciones, ¿qué nos falta descubrir de nuestro legado musical?
—Descubrir y rescatar nuestra historia musical es una tarea sin fin y una labor importantísima que hay que asumir. La cultura musical que tenemos es muy rica. Desde Veracruz hasta los estados del norte, hay instrumentos sorprendentes, con ritmos y aportes muy interesantes. Lo mismo ocurre con la herencia africana que hay en muchas ciudades costeras; la música sacra; la música indígena, el mariachi o nuevas formas de expresión como el jazz, que es un género en el que hay mucho talento en nuestro país. Es una fortuna que haya gente dedicada a explorar y rescatar nuestra historia musical, y creo que aún debería haber más.
—En medio de esta riqueza, ¿en la música también se da la “fuga de talentos”?
—¡Por supuesto! Sucede mucho que vas a Stuttgart y encuentras que el compositor residente de la orquesta local más importante es mexicano, muy conocido en Europa y no en México.
En México hay “demasiado” talento musical y deberían apoyarlos los gobiernos. ¡Es un país de cantantes en potencia! Vas a Oaxaca y encuentras extraordinarios músicos. Vas a Veracruz y lo mismo. Y esto muestra que verdaderamente tenemos raíces muy fuertes en la música. De hecho, uno de mis ideales es que en nuestro país toda la gente tuviera la posibilidad de envolverse en el mundo de la música.
—¿Cómo te imaginas que podría lograrse esto?
—Creo que se requiere hacer que la gente viva cerca la música, no se trata sólo de escucharla. Se trata de ponerle en las manos a los niños una flauta, un tambor y dejárselos ahí para que los toquen. Se trata de que quien tenga la vocación pueda practicar y practicar. La música se aprende haciéndola.
—¿Cómo podría la música contribuir a que la gente viva mejor, a que tenga mayor calidad de vida?
—Hay muchas maneras. En Venezuela se creó un proyecto de orquesta para jóvenes, muchos de ellos muy pobres, seguramente lo conoces…
—El caso de Gustavo Dudamel…
—Exactamente. Hoy, esos niños y jóvenes son destacados músicos o directores. Le están dando al mundo nuevas formas de vivir y hacer música. El caso de Dudamel, que ha estado presente toda la charla, es paradigmático.

Irasema Terrazas se presentará el 19 de mayo en el Palacio de Bellas Artes con la interpretación de Carmina Burana.
Para ver su agenda de presentaciones véase:
www.irasematerrazas.com

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